Cuando el empresario francés Vincent Bolloré llegó a Bolivia en 2008, su visita se enmarcó en un contexto de grandes expectativas sobre el litio, mineral que Evo Morales, presidente desde 2006, había posicionado como clave para el desarrollo económico del país. Tras el anuncio de un plan de industrialización del litio, Bolloré aprovechó la ocasión para invitar a Morales a París, buscando crear lazos comerciales. Este encuentro prometía abrir las puertas a la fabricación de vehículos eléctricos utilizando baterías de litio boliviano, un objetivo ambicioso en medio de un creciente interés internacional por este mineral. Sin embargo, a pesar de las sonrisas y promesas iniciales durante su paseo en el BlueCar, las negociaciones jamás concretaron un acuerdo y los anhelos de desarrollo tecnológico quedaron en la incertidumbre.
A medida que pasaron los años, la estrategia de Evo Morales se intensificó con un fuerte discurso nacionalista, declarando en 2014 la «soberanía del litio» y rechazando la inversión extranjera en las primeras etapas de explotación. Según Morales, las empresas solo buscaban comprar carbonato de litio para que la industria de baterías se desarrollara fuera de Bolivia. Este ambiente marcó un cambio radical en la aproximación al litio, alejándose de los convenios con empresas internacionales reconocidas, como las surcoreanas Kores y LG, así como las japonesas Sumitomo y Mitsubishi. En su lugar, Morales insistía en el control estatal sobre el recurso, incluso prometiendo fabricar coches eléctricos en Bolivia. Sin embargo, estas metas no se materializaron y el tiempo evidenció la falta de avances significativos en la industrialización del litio boliviano.
Hoy, con la presidencia de Luis Arce, el país enfrenta un nuevo intento de revivir el sueño de industrialización del litio. En un contexto de crisis económica y social, el gobierno envió a la Asamblea Legislativa un proyecto de ley para establecer un contrato con fuerzas extranjeras como la china CBC Investment Limited y la rusa Uranium One Group. Esta propuesta ha generado un fuerte rechazo en el Congreso, donde se han denunciado irregularidades y falta de transparencia en el proceso. A pesar de las denuncias, el ministro de Hidrocarburos y Energías ha defendido la necesidad de concretar estas inversiones para no perder la oportunidad de aprovechar el litio. La situación ha evidenciado la polarización política y el conflicto de intereses en un entorno de creciente descontento social.
Las comunidades indígenas, junto con organizaciones medioambientales, han expresado su preocupación por los posibles efectos negativos de la explotación de litio, cuestionando la falta de consulta previa y la necesidad de mitigar el impacto ambiental. En medio de todo esto, Bolivia, poseedora de un cuarto de las reservas de litio del mundo, enfrenta una de las peores crisis económicas en décadas, lo que ha generado incertidumbre sobre el futuro político y económico del país. Con más del 25% de inflación interanual y largas filas para obtener productos básicos, la población se muestra escéptica sobre la posibilidad de que el litio, algún día, se convierta en una solución al caos económico.
La historia del litio en Bolivia, desde la ilusión inicial del «Dubái del oro blanco» hasta la realidad actual de frustraciones políticas y económicas, refleja los desafíos complejos que enfrenta el país para capitalizar una de sus mayores riquezas naturales. Con la inminencia de las elecciones presidenciales en agosto, el destino del litio y la economía nacional se han convertido en un tema candente. Los analistas advierten que, independientemente del partido político que llegue al poder, se requerirá una estrategia sólida y un consenso amplio para revivir el potencial del litio, que, a pesar de su abundancia, ha permanecido sin un plan claro y efectivo de explotación durante demasiados años.



















