La conservación del patrimonio cultural es una tarea compleja que depende de diversos factores, y uno de los más determinantes es el tipo de roca utilizada en su construcción. No todas las rocas son iguales; algunas resisten mejor las inclemencias del tiempo mientras que otras se debilitan con mayor rapidez. Además, incluso si se construyera el mismo monumento con las mismas rocas en diferentes lugares, el resultado sería variable. El clima y las condiciones ambientales de cada región influyen fuertemente en el envejecimiento de las estructuras. Así, al hablar de la longevidad de un monumento, nos enfrentamos a cuestiones que van más allá de su diseño inicial; el destino de estas edificaciones se moldea desde el momento de su creación, determinado por el entorno en el que se erigen.
Uno de los grandes retos en el ámbito de la conservación de monumentos es la evaluación precisa de cómo el clima y otros factores ambientales afectan a los materiales de construcción. La distinción entre erosión y alteración es clave en este contexto. La alteración se refiere a los cambios internos que sufre una roca al ser expuesta a condiciones atmosferas, como el aumento de su porosidad, mientras que la erosión implica una pérdida física de material. Este conocimiento es esencial para implementar medidas de conservación efectivas, ya que los daños generados pueden variar enormemente entre los distintos tipos de roca y las condiciones en que se encuentran.
Recientemente, un avance significativo ha sido introducido en los estudios de deterioro de rocas mediante la utilización de microtomografía computarizada (micro-TAC). Este innovador método, parte del proyecto RESCUhE, permitió a los investigadores analizar el deterioro de bloques de roca expuestos a diferentes factores climáticos en la pequeña isla de Nueva Tabarca, Alicante. La comparación entre las partes expuestas y protegidas de los bloques reveló diferencias significativas en sus propiedades, confirmando que la exposición al clima tiene un impacto directo en la alteración y erosión de los materiales. Este descubrimiento marca un hito en la metodología de evaluación del deterioro, facilitando una comprensión más profunda de cómo reaccionan diferentes tipos de rocas al envejecimiento.
La metodología desarrollada en el proyecto RESCUhE promete extenderse más allá de los límites de Nueva Tabarca, abarcando toda la Península Ibérica. Utilizando un sistema estandarizado de investigación, las muestras de roca se exponen en diversas regiones climáticas, lo que permite medir el deterioro en condiciones reales. Esta expansión posibilita un análisis comparativo entre diferentes tipos de climas, como el oceánico y el semiárido, ayudando a desarrollar modelos predictivos que son esenciales para las políticas de conservación del patrimonio cultural ante los desafíos del cambio climático.
Un hallazgo relevante del estudio ha sido la identificación de cómo la orientación de las fachadas de los monumentos afecta su deterioro. En climas mediterráneos, se ha observado que las fachadas orientadas hacia el sur sufren más desgaste debido a una mayor exposición solar, sin embargo, no existe una regla general, ya que factores internos de las rocas también juegan un papel fundamental. Ante estos resultados, investigadores continúan trabajando para validar patrones de deterioro en monumentos específicos, lo que permitirá establecer estrategias de conservación más efectivas. La comprensión de cómo las sales marinas, la radiación solar y la acción del viento afectan a los monumentos es crucial para preservar el legado cultural para las generaciones futuras.


















