El terremoto que sacudió el norte de Venezuela y el occidente de Colombia dejó una estela de dolor y desolación entre los sobrevivientes. En el caso de María, quien se encontraba en la planta baja de su edificio, vive un duelo profundo tras la pérdida de su hermana, quien no logró escapar a tiempo. La doctora Francis Bell, psicóloga especializada en neurodesarrollo, explica que es común que los sobrevivientes sientan una carga emocional significativa, como la culpa por su propia supervivencia. Esta realidad ha sido observada tras diversas catástrofes, donde las víctimas lidian con la memoria de quienes no tuvieron la misma suerte, creando un conflicto interno entre el deseo de vivir y el dolor por la pérdida.
Las cifras resultantes de los terremotos son alarmantes; en Venezuela se reportaron más de 6.000 muertes, mientras que en Colombia se contabilizaron más de 280 víctimas. Estos eventos han despojado a las comunidades de su tejido social y familiar, dejando a muchas personas sin hogar y a otros sin la posibilidad de siquiera despedirse de sus seres queridos. Bell resalta que la culpa del sobreviviente se manifiesta de diversas formas, incluyendo insomnio y ataques de pánico. Este trauma no solo afecta a los familiares de las víctimas, sino también a los rescatistas y profesionales de la salud que enfrentan la culpa de no haber podido salvar a todos.
La atención psicológica se convierte en un componente vital para sobrellevar el duelo y la carga emocional tras estos desastres. Psicólogos como Hamilton Lizcano han implementado estrategias para ayudar a los padres y otros cercanos a las víctimas a procesar su dolor y a entender que su sufrimiento no los hace culpables. La ayuda debe ser integral y no solo dirigirse a tratar síntomas, sino también a fomentar la reconstrucción de la confianza y la conexión social entre los sobrevivientes. El trabajo en conjunto de profesionales en psicología, así como el apoyo comunitario, se vuelve esencial para mitigar el impacto a largo plazo de estos traumas.
A lo largo de la crisis, hemos visto un despliegue solidario en las comunidades afectadas, donde la colaboración ha resonado como un faro de esperanza. Muchos psicólogos, como Clara Astorga, han sido movilizados para brindar apoyo a quienes más lo necesitan, trabajando en la identificación y obtención de recursos para facilitar el proceso de duelo y la recuperación emocional. Bell, en su trabajo en el hospital Ciudad Caribia, se enfrentó a un caos emocional que la llevó a crear espacios de contención emocional, donde los trabajadores y sobrevivientes pudieran expresar su dolor y recuperación, contribuyendo a su bienestar psicológico, a la vez que se enfocaban en encontrar la fortaleza para seguir adelante.
Finalmente, a pesar de la devastación, historias de resiliencia emergen como un testimonio del espíritu humano. Algunos sobrevivientes han encontrado nuevas conexiones y propósitos tras la tragedia, mientras otros, como la joven que logró encontrar paz a través de la ayuda psicológica, demuestran que incluso en los momentos más oscuros hay espacio para la sanación y el renacer. La clave está en continuar brindando apoyo psicológico prolongado y en recordar que, aunque el camino hacia la sanación es difícil y largo, juntos es posible transitarlo hacia una vida llena de significado y esperanza. La reconstrucción de nuestras comunidades debe ir de la mano del respeto a los procesos de duelo de cada individuo, asegurando que nadie se sienta solo en su dolor.



















