En Puerto Príncipe, el recuerdo de la violencia persiste entre sus habitantes. Helene, a sus 19 años, es un desgarrador símbolo de la brutalidad que ha azotado la capital haitiana. A los 17 años, fue secuestrada por una banda armada en su barrio, donde fue víctima de violencia sexual sistemática. Con su hija ahora dormida en su regazo, relata que, a pesar del sufrimiento y el trauma, decidió llevar su embarazo a término. «Este bebé podría ser el único que tenga», declaró, reflejando una resolución tenaz en medio de la adversidad. Su historia es solo una entre las muchas que evidencian el aumento alarmante de la violencia sexual en Haití, donde las pandillas han reclamado el control del 90% de la ciudad, intensificando el estado de miedo y desesperación entre la población.
Desde el asesinato del presidente Jovenel Moïse en 2021, Haití ha sido arrastrada a una crisis sin precedentes. Las bandas han extendido su dominio, llevándose a cabo ataques violentos de manera casi cotidiana. Médicos Sin Fronteras (MSF) ha documentado casi un triple aumento en la atención a mujeres víctimas de abuso sexual en sus clínicas desde 2021. Con una infraestructura colapsada y la escasez de líderes electos, la violencia ha alcanzado niveles extremos, donde las mujeres son secuestradas, violadas y, en muchos casos, también sufren la pérdida de seres queridos en ataques brutales. Los relatos de Helene y otras sobrevivientes reflejan un patrón de violencia profundamente arraigado que aterroriza a comunidades enteras.
Las historias compartidas por las mujeres en centros de acogida revelan el alcance del sufrimiento de muchas familias. Una mujer, que perdió a su madre y hermana durante un ataque, relató el horror de haber sido violada junto a su hija, atrapadas en el ciclo de violencia que desgarra a las familias. La situación es tal que muchas mujeres y niñas han sido víctimas no solo de violencia sexual, sino también de desplazamiento forzado. La ONU estima que más de 1,3 millones de personas en Haití han sido desplazadas, con la mitad de la población enfrentando hambre aguda. La violencia sexual se ha convertido en una herramienta de poder que las bandas emplean para someter comunidades, generando un clima de miedo que paraliza la vida cotidiana.
En respuesta a la creciente amenaza de las pandillas, algunos residentes han comenzado a organizarse en grupos de vigilancia, intentando recuperar el control de sus barrios. Sin embargo, enfrentan el desafío interminable del armamento superior de las bandas y la falta de apoyo efectivo de las fuerzas de seguridad. La población siente cómo la desesperación aumenta, con hombres como «Mike» reconociendo que han decidido “tomar la seguridad en sus propias manos” para proteger a sus familias. Este fenómeno de autodefensa, aunque comprensible, provoca un aumento en el número de armas en las calles y contribuye a un ciclo aún más violento de retaliación y miedo.
A medida que la situación se deteriora aún más, los recortes en la ayuda humanitaria están dejando a mujeres como Helene en situaciones precarias. La reducción en los fondos de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional agrava la crisis alimentaria y las iniciativas de apoyo para las víctimas de violencia. Las mujeres se ven atrapadas en una lucha por sobrevivir, enfrentando no solo la violencia extrema de las pandillas, sino también el riesgo de embarazos no deseados sin acceso a anticonceptivos. Mientras Helene anhela un futuro donde pueda educar a su hija y vivir en paz, el entorno marcado por la violencia y la impunidad continúa usurpando sus esperanzas, dejando una estela de desesperación en la sociedad haitiana.


















