El atentado contra el senador Miguel Uribe ha revivido temores y recuerdos del oscuro periodo de magnicidios que vivió Colombia entre las décadas de 1980 y 1990. Esta alarmante realidad nos remite a una época en la que el país fue testigo de la aniquilación de figuras políticas como Luis Carlos Galán, cuyo asesinato fue emblemático en un contexto de violencia desatada por paramilitares y actores estatales. La polarización política actual, exacerbada por retóricas incendiarias desde el gobierno, pone en jaque la estabilidad democrática, recordándonos cuán frágil es la paz que se ha logrado tras décadas de conflicto armado.
Las plazas públicas, antaño escenarios de diálogo y participación ciudadana, se han convertido en espacios peligrosos donde los discursos de odio y la polarización predominan. El atentado contra Uribe, capturado en imágenes desgarradoras, simboliza un regreso a una era en la que la violencia política se utilizaba como herramienta para silenciar voces disidentes. Esta vulnerabilidad en el ámbito político revive la memoria de figuras influyentes que fueron víctimas de la violencia, como Jorge Eliécer Gaitán y, más recientemente, Luis Carlos Galán, quienes buscaron cambiar el rumbo del país.
La historia reciente de Colombia está marcada por un ciclo de violencia que se manifiesta en secuestros y agresiones contra muchos congresistas y líderes políticos. Entre 1970 y 2010, el informe ‘Basta Ya’ documentó 54 congresistas secuestrados, evidenciando la persistencia de un entorno hostil para la política. Aunque los actores y las circunstancias han cambiado, la violencia sigue siendo una amenaza latente para quienes se atreven a desafiar los sistemas arraigados. El atentado contra Uribe es una advertencia de que la historia, si no se enfrenta, puede repetirse con mayor crueza.
El clima político actual, que se cristalizó bajo la administración de Gustavo Petro, refleja un profundo descontento que se ha ido gestando durante años. Desde que Petro asumió el poder en un contexto de división social exacerbada, su discurso ha transformado la política en un campo de guerra ideológico. La reciente crítica de Uribe hacia el nombramiento de un ministro de Justicia ha desencadenado respuestas incendiarias del presidente, fortaleciendo la percepción de un gobierno en guerra contra aquellos que considera opresores. La polarización no solo debilita las estructuras democráticas, sino que también alimenta un resentimiento generalizado que puede traducirse en actos de violencia.
El exministro Rafael Pardo advierte sobre la re-emergencia de una violencia más peligrosa que aquélla de las décadas pasadas, alimentada por un desencanto que proviene tanto de la política como de la sociedad misma. La impunidad y la falta de apropiada memoria histórica han permitido que los fantasmas del pasado resurjan en formas contemporáneas, evidenciado por la preocupante escalada de criminalidad entre jóvenes. El atentado a Miguel Uribe no solo es un acto de terrorismo político, sino un llamado a la reflexión sobre la necesidad de erradicar las dinámicas de exclusión y odio que actualmente amenazan la democracia colombiana.


















