La captura de Sebastián Marset, uno de los narcotraficantes más elusivos de Sudamérica, ha tomado un nuevo impulso tras el asesinato del fiscal paraguayo Marcelo Pecci en Colombia. Este atentado, que se produjo en la isla de Barú en pleno periodo de luna de miel de la víctima, desató una serie de investigaciones que apuntan a una red de corrupción que abarca varios países y altos funcionarios públicos. Marset, exfutbolista convertido en capo del narcotráfico, ha logrado evadir la justicia durante años, levantando las alarmas de organizaciones de seguridad internacional, incluidas la DEA e Interpol. Con solo 34 años, su habilidad para manipular y corromper a funcionarios lo ha colocado en la mira de países como Uruguay, Bolivia, Paraguay y Estados Unidos.
El asesinato de Pecci ha expuesto la sangre fría y la planificación meticulosa que caracteriza a Marset. Las investigaciones iniciales sugieren que la ejecución del fiscal fue un acto deliberado, perpetrado durante un momento vulnerable, lo que apunta a la audacia del narco uruguayo. Hasta ahora, la justicia colombiana ha condenado a nueve personas implicadas en el crimen, quienes han sido acusadas de realizar tareas logísticas, desde la contratación hasta el sicariato. Sin embargo, los conspiradores intelectuales, como Marset, continúan en la sombra, dificultando un cierre total de este espinoso caso.
Gustavo Petro, presidente de Colombia, ha sido uno de los primeros en señalar la magnitud del problema. En un mensaje en redes sociales, expresó que el crimen cometido por Marset ha transformado el panorama del narcotráfico, sugiriendo que el narcoterrorismo ya no es únicamente un desafío bilateral entre Colombia y EE.UU., sino una amenaza global. A pesar de sus declaraciones contundentes, la búsqueda de Marset aún enfrenta complicaciones legales, ya que la Fiscalía colombiana aún no ha dictado una orden de captura formal. La mención de su nombre por el testigo clave, Francisco Correa, quien fue asesinado en la prisión, añade una capa más de complejidad a la trama.
El curso de vida de Sebastián Marset refleja un claro paralelismo con su trayectoria futbolística. Después de comprobar que no podía destacar en el deporte, se sumergió en una vida delictiva que comenzó con robos y pequeños delitos, hasta convertirse en un capo del narcotráfico tras cumplir condena por narcotráfico y homicidio. Esta metamorfosis le permitió crear frentes legítimos, como inversión en clubes de fútbol en Paraguay y Bolivia, que le sirvieron para cubrir sus actividades ilícitas. Su fachada como empresario exitoso presionó a las agencias de seguridad para que le dieran poca importancia hasta que emergió como una amenaza seria en la lucha antidrogas.
En medio de su creciente red y la persecución internacional, Marset ha logrado planear su fuga en múltiples ocasiones, aprovechándose de la corrupción dentro de las instituciones. Su reciente escape de una redada en Santa Cruz de la Sierra, gracias a la corrupción en la Policía boliviana, ha dejado un rastro de implicaciones que salpican a múltiples figuras públicas. La captura de sus cómplices en Brasil, Paraguay y Bolivia sugiere que el círculo se está cerrando alrededor de Marset, quien, a pesar de sus esfuerzos por mantenerse en la clandestinidad, se enfrenta ahora a litigios en EE.UU. que podrían poner fin a su reinado criminal. Su futura captura es un juego de tiempo en el reloj del narcotráfico, donde el final parece cada vez más inminente.

















