El evento de Casagrande en el centro histórico de Rotterdam ha dejado una huella indeleble en la memoria de sus habitantes. Mientras la multitud se congregaba bajo el cielo crepuscular, una atmósfera de expectación y alegría llenaba el aire. A diferencia del pasado, marcado por la brutalidad del bombardeo nazi hace 85 años, hoy se buscaba una experiencia artística reparadora. El helicóptero, símbolo del renacer de la ciudad no con bombas, sino con versos, lanzó una lluvia de papeletas que contenían poemas de 50 autores chilenos y 50 poetas neerlandeses. La sorpresa y el entusiasmo de las personas al recoger las hojas que caían del cielo transformaron el escenario de la tragedia en un espacio de celebración poética y comunitaria.
Casagrande, formado por tres artistas chilenos de la generación de 1973, ha creado un movimiento que se erige como un grito de resistencia cultural. Desde su primera acción en el Palacio de La Moneda en 2001, su objetivo ha sido frenar el ciclo de dolor y violencia, ofreciendo en su lugar una oportunidad para la reflexión. Al elegir espacios con una historia de sufrimiento, el colectivo busca simbolizar el poder sanador del arte. A través de sus bombardeos poéticos, transforman los lugares de muerte en espacios de vida donde la literatura se convierte en un puente de conexión entre el pasado y un futuro esperanzador.
El ambiente de celebración fue palpable en Rotterdam cuando la catedral de San Lorenzo, uno de los pocos edificios que sobrevivió al ataque del 14 de mayo de 1940, volvió a ser un testigo del renacer de la ciudad, esta vez con la poesía como protagonista. Joaquín Prieto, uno de los fundadores de Casagrande, ha señalado que el evento no solo pretende recordar el bombardeo, sino también ofrecer una nueva narrativa sobre el espacio. Así, cada vez que el colectivo realiza un nuevo ‘bombardeo’ de poemas, busca que la fecha histórica se asocie a un evento positivo, donde las palabras desafíen la memoria dolorosa asociada con el lugar.
Preparar un evento de esta magnitud no es tarea fácil; se requieren años de planificación y una gran colaboración con entidades locales y artistas. Los inseparables enlaces entre el arte y la logística subrayan la importancia de la ejecución. Cada ‘bombardeo’ es como un delicado operativo militar, donde todo debe alinearse: desde la autorización de los espacios hasta las condiciones climáticas que permiten que la poesía caiga en manos de quienes la esperan. La precisión en la ejecución asegura que la intención de transformar una historia de violencia en un acto de comunidad y celebración poética se mantenga intacta.
Mirando hacia el futuro, Casagrande contempla la posibilidad de llevar su arte a otras ciudades afectadas por bombardeos, como Dresde, Hiroshima y Nagasaki. A pesar de la sensibilidad que rodea estos eventos históricos, el colectivo busca abrir un diálogo a través del arte que permita transformar la memoria y la tragedia en reflexión y creación. La poesía, al igual que el arte, tiene el poder de confortar y unir a las personas, convirtiéndose en un vehículo para replantear las historias del pasado y empoderar a las comunidades a seguir adelante con esperanza y creatividad.


















