La reciente captura de Alexánder Díaz Mendoza, conocido como «Calarcá», y Diana Carolina Rey Rodríguez, apodada «Érika Castro», ha generado un gran alboroto en Colombia, especialmente en regiones como Guaviare, Meta y Caquetá. La pareja, que ha sido identificada como líderes de una facción disidente de las Farc, ha sido señalada de socavar los esfuerzos del Gobierno por alcanzar una ‘paz total’. A pesar de haber sido detenidos en julio de 2024 en un evento de la Unidad Nacional de Protección (UNP), la presión política y el amparo por su estatus de negociadores de paz resultaron en su liberación, alimentando aún más la desconfianza pública hacia el proceso de pacificación que intenta consolidar el actual gobierno.
El matrimonio de la violencia y la negociación llegó a su cúspide en momentos críticos para la política de paz del presidente Gustavo Petro. Desde su separación del Estado Mayor Central (EMC) en octubre de 2023, «Calarcá» y «Érika Castro» han reconfigurado su influencia en la disidencia, llevando con ellos a un número significativo de combatientes. Con operaciones activas en múltiples regiones del país, ambos líderes han manejado un discurso que oscila entre la promesa de paz y la continua ejecución de acciones violentas, como se evidenció en la emboscada a un pelotón del Ejército el 27 de abril de 2025, que dejó a varias soldados muertos, poniendo en evidencia las contradicciones dentro de su discurso pacifista
La caravana interceptada en Antioquia es uno de los hechos más icónicos que ha marcado la credibilidad de su compromiso con los diálogos de paz. Este evento, que surgió en un contexto donde «Calarcá» intentaba proyectar una imagen conciliadora, se transformó rápidamente en una crisis de imagen. La incautación de armas y un adolescente reclutado forzosamente generó indignación pública y reveló las grave falta de control que la pareja mantiene sobre sus tropas. Este reconocimiento implícito de su dualidad como negociadores y operadores criminales subraya la complejidad de la dinámica de paz en Colombia y plantea preguntas sobre la autenticidad de su compromiso con una paz duradera.
Los antecedentes de «Érika Castro» y «Calarcá» son reveladores en cuanto a la transformación de los actores del conflicto armado. Desde su ingreso a las Farc hasta su ascenso en las filas de la disidencia, ambos han demostrado una notable adaptabilidad y resistencia. Mientras que «Calarcá» ha forjado una carrera violenta desde su adolescencia, involucrándose en diversos niveles de comando, «Érika Castro» ha tenido que navegar por tragedias personales y el retorno al conflicto después de breves periodos de paz. Su relación, forjada en el contexto de la guerra, cuestiona los principios éticos que sostienen a su favor ante la mesa de diálogo: ¿realmente desean alcanzar un cese definitivo de hostilidades o su unión es meramente estratégica?
Ante la serie de eventos que han rodeado a esta pareja, el futuro de su relación y su compromiso con el proceso de paz se encuentran en un limbo preocupante. Con varios aspectos de su trayectoria manchados por la violencia y la controversia, queda por ver si «Calarcá» y «Érika Castro» apostarán de verdad por la paz total, o si la tentación de seguir en el ciclo de confrontación continuará dominando sus decisiones. La presión de la comunidad nacional e internacional y el clamor por un verdadero cambio pueden ser factores determinantes en su elección, pero, con antecedentes tan conflictivos, la balanza sigue inclinándose hacia la incertidumbre.

















