Mientras el gobierno de México fortalece sus estrategias para combatir al narcotráfico, los grupos criminales, lejos de debilitarse, parecen estar en una constante evolución y fortalecimiento. Una de las tácticas alarmantes que han adoptado es la incorporación de militares colombianos, conocidos por su especialización en explosivos y tácticas de combate. Este fenómeno ha sido evidenciado por un testimonio de un soldado colombiano que habló con el diario Milenio, detallando cómo los cárteles han encontrado en estos ex militares una fuente valiosa de talento, gracias a su entrenamiento en conflictos internacionales, incluyendo el surgido en Ucrania. Estos especialistas, en lugar de ser una solución al problema, se han convertido en una extensión del mismo, poniendo en evidencia la tensión existente entre el deber de proteger y la tentación del dinero fácil.
El reclutamiento de estos exmilitares colombianos es insidioso y efectivo. De acuerdo con el testimonio del militar contactado, las ofertas de trabajo llegan a través de plataformas como WhatsApp y Telegram, a menudo sin que los soldados hayan mostrado interés en tales oportunidades. Esto sugiere un nivel preocupante de corrupción donde las autoridades colombianas están comprometidas en la obtención y venta de datos personales. Según la declaración del soldado, el atractivo económico resulta irresistible, con salarios que pueden alcanzar hasta 16 millones de pesos colombianos mensuales, en contraste con los 4 millones que perciben por su servicio en el Ejército de Colombia. Esta diferencia representa un aumento notable del 400%, desafiando la moralidad y poniendo en peligro la vida de quienes eligen esta arriesgada nueva senda.
Una vez que un militar colombiano acepta una oferta de trabajo del narcotráfico, el proceso de traslado a México es meticulosamente planificado. Los reclutados son transportados de forma clandestina en aviones que aterrizan en la Ciudad de México o Cancún, o a través de rutas marítimas desde Colombia. Este último método sigue las mismas vías utilizadas por los cargamentos de cocaína que abastecen el mercado mexicano. La infiltración de estos expertos en explosivos dentro de las estructuras del narco no solo aumenta la capacidad operativa de los cárteles, sino que también plantea una situación de alarma creciente para la seguridad nacional en México, donde la violencia relacionada con el narcotráfico sigue en aumento.
La participación de exmilitares colombianos en el crimen organizado no es un fenómeno aislado. El cónsul general de Colombia en México, Alfredo Molano Jimeno, ha señalado que al menos un miembro activo de las fuerzas armadas de Colombia está involucrado en el reclutamiento de exmilitares para trabajar como mercenarios en el país vecino. Este claro vínculo pone de manifiesto no solo la dimensión económica del problema, sino también la complejidad de las redes de corrupción que permiten que este tipo de prácticas se arraiguen, amenazando no solo la seguridad de México, sino también las relaciones bilaterales entre ambos países.
La realidad que enfrentan tanto las fuerzas de seguridad mexicanas como los exmilitares colombianos subraya la necesidad urgente de una estrategia que aborde tanto el fenómeno del narcotráfico como la corrupción y los problemas económicos que llevan a la gente a tomar decisiones desesperadas. Mientras los cárteles continúen encontrando formas de atraer y reunir recursos de alta calidad como estos soldados, la violencia en México probablemente no solo persistirá, sino que se intensificará, haciendo que la lucha contra el crimen organizado sea más compleja y desafiante. Este ciclo de violencia y corrupción resalta la importancia de un enfoque global, donde la cooperación internacional se vuelva esencial para mitigar los efectos devastadores del narcotráfico en la región.



















