En la década de 1970, Isidora Gómez y Ernesto Mendoza eligieron El Chorrillo, un barrio ubicado en el oeste de la capital de Panamá, como su nuevo hogar, buscando tranquilidad y seguridad para su familia. El edificio en el que se mudaron, conocido como 24 de diciembre, se convirtió en el lugar donde criaron a sus tres hijos, estableciendo una vida familiar estable. Sin embargo, la paz que anhelaban se vería interrumpida de manera abrupta en diciembre de 1989, cuando Estados Unidos lanzó una invasión militar para derrocar al régimen de Manuel Antonio Noriega, el cual había sido objeto de acusaciones por narcotráfico y violaciones de derechos humanos. Al estar cerca del cuartel general de las Fuerzas de Defensa de Panamá, El Chorrillo se convirtió en un blanco estratégico, poniendo al hogar de los Mendoza Gómez en el epicentro del conflicto.
La noche del 19 de diciembre de 1989, el mundo de la familia Mendoza Gómez se transformó en aquello que nunca hubieran imaginado. Con las festividades navideñas a la vuelta de la esquina, la atmósfera era de expectación y normalidad, pero pronto se desató el terror. Los hijos, Jovana y Ernesto José, se preparaban para dormir cuando, de repente, comenzaron a sonar explosiones. Alarmados, se refugiaron con sus padres en el colchón matrimonial, buscando protección de lo desconocido. La incertidumbre los envolvió mientras las llamas iluminaban el exterior y el sonido de las ráfagas de disparos retumbaba en sus oídos, dejando claro que estaban inmersos en un conflicto que no habían anticipado.
A la mañana siguiente, el caos dejó paso a la realidad desgarradora. Al salir del edificio con las manos en alto, obedeciendo las instrucciones de las fuerzas estadounidenses que habían tomado control del área, los Mendoza Gómez se enfrentaron a un barrio hecho cenizas. Mientras caminaban, vislumbraron cuerpos sin vida en las calles y vehículos destruidos, una representación escalofriante de la violencia que había sacudido a El Chorrillo. «Vi una tanqueta que le pasó por encima a un carro rojo donde había una persona», recordaría Isidora con dolor. Este despertar crudo puso de manifiesto el costo humano de la invasión y las cicatrices invisibles que quedarían en su comunidad.
Durante los meses siguientes, la familia Mendoza Gómez fue desplazada y alojada temporalmente en Albrook, una base aérea estadounidense. Allí, la incertidumbre y el miedo continuaron, mientras buscaban formas de reconstruir su vida después de haberlo perdido todo. Si bien el regreso a su hogar unas semanas más tarde les permitió recuperar algunos objetos, los recuerdos de esa noche fatídica permanecerían como sombras en su mente. A pesar de los estragos causados, Isidora reflexiona sobre los eventos con empatía: «Ellos querían a Noriega. Si él se hubiese entregado, eso no hubiese pasado». Así, la invasión no solo afectó físicamente a su barrio, sino que también dejó marcas profundas en el tejido social que tardarían años en sanar.
La historia de la familia Mendoza Gómez es emblemática de los muchos que vivieron la invasión de Panamá. En medio de la devastación, la resiliencia emergió como un tema recurrente. Aunque la invasión dejó un saldo incierto de víctimas, los Mendoza Gómez, como otros, navegaron por la adversidad con la esperanza de un futuro mejor. A 37 años de aquellos eventos trágicos, el edificio 24 de diciembre, conocido por los lugareños como «el 15 pisos», se erige como un testigo silencioso de la historia, recordando no solo la violencia, sino el coraje y la voluntad de una comunidad que, a pesar de los retos, sigue adelante.

















