El presidente Gustavo Petro ha instado a los ciudadanos a manifestarse y convertirse en «el primer constituyente», mientras el Gobierno mantiene la intención de llevar a cabo una consulta popular respecto a la reforma laboral que actualmente se tramita en el Congreso. Esta insistencia en el mecanismo de participación ciudadana ha sido criticada por altos funcionarios del Gobierno, quienes aseguran que su objetivo principal es presionar al Congreso para que apruebe la reforma, que considera esencial para mejorar las condiciones de trabajo en el país. Las tensiones están a la orden del día, especialmente con la cercanía de un año electoral que complica aún más el panorama político.
Las centrales obreras y movimientos sociales mostraron su descontento frente a las declaraciones del ministro Armando Benedetti sobre la consulta popular. En un evento realizado esta semana, Benedetti sugirió que podría reconsiderarse la realización de la consulta si la reforma laboral es aprobada en el Senado, lo que generó inquietud entre los líderes sindicales. Fabio Arias, presidente de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), cuestionó fuertemente la posición del Gobierno, planteando que esta postura podría interpretarse como un retroceso en el compromiso del Ejecutivo con la participación ciudadana.
A pesar de los esfuerzos del presidente Petro por distanciarse de las controversias generadas, las marchas en apoyo a la consulta popular y las reformas sociales han fracasado en captar un gran número de simpatizantes. Esta falta de apoyo se traduce en la constante narrativa del Gobierno, que busca justificar su incapacidad para implementar cambios a través de la idea de que «no les dejaron hacer» lo necesario, dejando en el aire la eficacia de la consulta popular como una verdadera herramienta de participación.
Es crucial señalar que el reclamo por un referendo implica un mensaje de ruptura institucional. La ley establece que el Gobierno no puede convocar a una consulta popular sin la certificación del Senado respecto a la conveniencia de dicho mecanismo. Sin embargo, Benedetti ha dejado abierta la posibilidad de una negociación que podría llevar a una solución más razonable y pacífica entre los actores políticos y sociales involucrados. Esto evidencia las complejidades en la relación entre el Gobierno y el Congreso, así como la fragilidad de la situación política actual.
La batalla por la movilización social parece haber sido perdida por el Gobierno, que ha visto disminuir su capital político y la influencia que una vez tuvo sobre los legisladores. En un análisis de la situación, Alejandro Muñoz, subdirector de la Mesa de Observación Electoral (MOE), destaca que el Ejecutivo no puede tomar decisiones unilaterales, lo que acentúa la presión sobre el poder legislativo. Si las reformas y la consulta vuelven a fracasar, el Gobierno podría usar esto para reforzar su discurso de que los cambios necesarios para mejorar las condiciones laborales y sociales del país son difíciles de implementar, alimentando así un ciclo de descontento y protestas.

















