El ataque a Jair Bolsonaro en septiembre de 2018 fue un punto de inflexión en la política brasileña. Mientras el candidato presidencial hacía campaña en Juiz de Fora, un hombre logró apuñalarlo en el estómago, generando una ola de indignación y empatía hacia el exmilitar. Las imágenes de Bolsonaro, dolorido y con una camiseta de la selección brasileña, se propagaron rápidamente, capturando la atención de millones de brasileños. A pesar de ser un candidato marginal hasta ese momento, el episodio de violencia catapultó su figura al estrellato y ayudó a consolidar su imagen de outsider, llevando a su eventual victoria electoral a pocas semanas de la agresión. Sin embargo, siete años después, su legado político se ha complicado, con un fallo del Tribunal Supremo que lo declaró culpable de conspirar para un golpe militar, lo que pone en tela de juicio su futuro y el de su movimiento político.
A lo largo de su carrera política, que abarcó varias décadas, Bolsonaro se destacó menos por sus logros y más por su retórica provocadora, que lo llevó a ser un personaje polarizador. En 2018, los analistas políticos eran escépticos sobre su capacidad para ganar las elecciones, considerando que su apoyo se desvanecería frente a la maquinaria política de los partidos tradicionales. Sin embargo, en un contexto de crisis económica y descontento popular por la corrupción que había golpeado a su predecesora Dilma Rousseff, Bolsonaro logró conectar con una amplia base de votantes, desde sectores de la clase media hasta grupos evangélicos y militantes de extrema derecha, logrando así canalizar un deseo de cambio en la sociedad brasileña.
Su presidencia, iniciada en 2019, marcó un antes y un después en la política del país. Bolsonaro transformó a la derecha brasileña en un movimiento masivo, aunque su administración estuvo plagada de controversias y desafíos. Desde el inicio de su mandato, su enfoque proempresarial y sus lazos con gobiernos conservadores internacionales, incluidos el de Donald Trump, acentuaron su postura frente a asuntos ambientales y de derechos humanos. La deforestación en la Amazonía y su escaso enfoque en la pandemia de COVID-19 desencadenaron una ola de críticas tanto a nivel nacional como internacional, evidenciando las tensiones entre su gobierno y las exigencias de la comunidad global en materia de sostenibilidad y salud pública.
Los conflictos entre Bolsonaro y el Supremo Tribunal Federal (STF) intensificaron la inestabilidad política en Brasil, con el juez Alexandre de Moraes convirtiéndose en uno de sus principales antagonistas. Los intentos de Bolsonaro por minimizar medidas de emergencia durante la pandemia fueron obstaculizados por el STF, lo que desató fuertes críticas por parte del presidente hacia las instituciones democráticas. La polarización aumentó aún más con su negativa a aceptar los resultados de las elecciones de 2022, en las que finalmente fue derrotado por Lula da Silva. A pesar de sus llamados infundados a la sospecha sobre la integridad electoral, el resultado fue claro y, aunque su salida del poder fue pacífica, se gestaron planes en los que buscó deslegitimar el proceso electoral, provocando un clima de tensión y violencia en el país.
La caída de Bolsonaro fue abrupta, pero su influencia todavía resuena en el panorama político brasileño. Tras las elecciones, su silencio inicial fue seguido de intentos de sus partidarios por bloquear la transición y cuestionar el resultado electoral. Sin embargo, su legado está en peligro. En respuesta a su condena, surgieron propuestas de amnistía que podrían replantear el futuro de su movimiento. Mientras que su partido ha mantenido una presencia significativa, la incertidumbre sobre su destino legal y la posibilidad de reversar las decisiones del STF plantean serias preguntas sobre la estabilidad política en Brasil. Los próximos años serán cruciales para determinar cómo se reconfigurará la política brasileña y si la figura de Bolsonaro continuará moldeando el futuro del país.

















