Gustavo, un joven profesional de 25 años, enfrenta una vida repleta de desafíos en medio de la peor crisis energética que ha azotado a Cuba en décadas. Cada mañana, comienza su día sudando, ya que el clima tropical junto a los constantes apagones de 16 horas hacen que su rutina sea cada vez más complicada. Trabaja en una galería de arte en el centro de La Habana, donde se esfuerza por equilibrar sus sueños culturales con la dura realidad de un país que languidece bajo la presión de una escasez de recursos. Su vida, que podría reflejar la de cualquier joven profesional en el mundo, se transforma radicalmente en el contexto de un sistema eléctrico colapsado y un transporte público prácticamente inoperativo, obligándolo a tomar decisiones difíciles cada día.
La travesía de Gustavo hacia su trabajo es una odisea. Dependiendo de un ciclobús que también enfrenta fallas por la crisis, Gustavo se encuentra frecuentemente al borde de quedarse sin opción para llegar a la galería. A pesar de sus esfuerzos por evitar los altos costos de los taxis particulares, se ve obligado a negociar su transporte diario desembolsando ingresos que equivalen a una cuarta parte de su salario mensual. La situación es tan precaria que ha tenido que adaptarse a largas caminatas, transformándose en un habitual caminante de las calles habaneras bajo el intenso sol, un cambio que ha agudizado su sentido del humor y lo ha llevado a bromear sobre convertirse en maratonista.
La crisis no solo afecta su vida laboral, sino que también se manifiesta en el paisaje urbano que lo rodea. La recolección de basura ha colapsado, y las calles de La Habana están cubiertas de desperdicios. «En cada esquina de cuadra hay un vertedero», comenta Gustavo con tristeza e ironía. La falta de camiones recolectores ha empujado a los residentes a recurrir a soluciones rudimentarias como quemar la basura, lo que a su vez ha causado incendios en algunas áreas. Este deterioro del entorno ha contribuido a brotes de enfermedades y un ambiente de insalubridad que afecta no solo a Gustavo, sino a toda la comunidad, generando un ciclo de miseria que parece no tener fin.
La escasez de electricidad agrega otra capa a esta crisis multidimensional. Sin acceso constante a la luz, Gustavo se enfrenta a un suministro irregular de agua, ya que los motores que la distribuyen dependen de la energía eléctrica. Ante la falta de este recurso vital y los interminables apagones, ha aprendido a almacenar agua en distintos recipientes, un recordatorio diario de la inestabilidad de su entorno. Incidentes que antes eran sólo inconvenientes, como no tener suficiente agua para las necesidades básicas, se han vuelto el pan de cada día, creando un ambiente de ansiedad y frustración que comparten sus vecinos.
A pesar de los múltiples obstáculos que enfrenta, Gustavo sostiene una tenue esperanza. Su pasión por el arte y el deseo de contribuir a la cultura cubana lo mantienen motivado. A través de su trabajo en la galería y sus reseñas en una revista, busca crear un espacio para la expresión artística en medio del caos, una forma de resiliencia frente a la adversidad. Consciente de los retos, enfatiza la importancia de ajustar sus sueños a la realidad, reconociendo que, aunque la crisis energética y económica han afectado su calidad de vida, su compromiso con el arte es inquebrantable. A medida que comparte su historia, es palpable el sacrificio y la lucha que caracterizan su existencia y la de millones de cubanos como él.



















