La decisión de Estados Unidos de no apoyar de inmediato a María Corina Machado como líder de Venezuela, tras la reciente captura de Nicolás Maduro, ha generado un amplio debate sobre la estrategia estadounidense en la región. En lugar de optar por una figura política de la oposición, Washington ha decidido promover una transición a manos de Delcy Rodríguez, lo que ha sido interpretado como un movimiento calculado y no como un exabrupto. Fuentes de seguridad estadounidenses, citadas por ABC España, afirman que esta decisión resulta de un diagnóstico elaborado tras semanas de evaluación, concluyendo que la oposición carecía de la capacidad real para mantener el poder en medio de una crisis institucional sin una intervención militar sustancial de Estados Unidos.
Según los informes de inteligencia, la ausencia de apoyo para Machado se fundamentó en la percepción de que no contaba con los recursos necesarios para controlar la situación en un posible ‘día después’. Su falta de influencia sobre el aparato militar y sus corrosivas relaciones con figuras clave en Washington hicieron que respaldarla abiertamente resultara en un costo político y humano inaceptable para la administración de Trump. A pesar de su reconocimiento como líder opositor, su negativa a dialogar con el chavismo y su postura firme respecto a las sanciones la colocaron en una posición menos favorable en comparación con Rodríguez, quien aunque también controvertida, poseía capacidades distintas.
El nombramiento de Delcy Rodríguez como presidenta encargada no fue una decisión basada en afinidades ideológicas, sino una cálculo estratégico en la que Estados Unidos encontró en ella una figura con un papel más funcional en el escenario actual. Desde 2020, se establecieron canales de comunicación con los hermanos Rodríguez, otorgándole a Delcy un control más fuerte sobre el aparato estatal. A diferencia de Machado, Rodríguez gozaba de reconocimiento por parte del Tribunal Supremo y del respaldo de las Fuerzas Armadas, lo que la convertía en una opción más viable para evitar el colapso del Estado y lidiar con la inestabilidad política en el corto plazo.
Sin embargo, el camino que toma la administración estadounidense al elegir a Rodríguez no está exento de riesgos. Su falta de apoyo popular y la desconfianza que genera hacia su persona en una oposición que no la ve como una solución, representan obstáculos significativos. En este sentido, la designación se plantea como una fase inicial dirigida a estabilizar el país bajo un régimen que se torna cada vez más precario. En la Casa Blanca, se sostiene que este no es un cierre político definitivo, sino un era transicional que podría incluir más adelante a María Corina Machado como una posible candidata en futuras elecciones.
La transición que se plantea es, por lo tanto, vigilada y provisional, caracterizada por un enfoque que prioriza el control sobre la legitimidad democrática. La administración Trump ha dejado claro que la figura de Rodríguez es más un mecanismo funcional que una líder fuerte. No obstante, la estrategia ha suscitado resistencias tanto dentro de sectores opuestos a Maduro como en el propio chavismo, generando un clima de desconfianza y un desafío a la planificada »cooperación» que debería brindar estabilidad. Al final, el desafío de construir un nuevo liderazgo en Venezuela podría resultar más complejo y problemático de lo anticipado.
















