El Comando Sur de Estados Unidos llevó a cabo un nuevo operativo en aguas internacionales del Pacífico Oriental, donde destruyó una embarcación calificada como «de bajo perfil», vinculada supuestamente al narcotráfico. Durante este ataque, se informó de la muerte de una persona que se encontraba a bordo de la lancha en el momento del asalto. Este incidente se suma a una larga lista de acciones similares que han generado controversia en la región, especialmente en el contexto de las tensas relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y varios países latinoamericanos.
Este ataque coincide con las recientes declaraciones del expresidente Donald Trump, quien sugirió que el mandatario venezolano Nicolás Maduro «sería inteligente» si decidiera dejar el poder. Además, criticó al presidente colombiano Gustavo Petro, a quien describió como un «alborotador». Estas afirmaciones reflejan las tensiones políticas en el continente y la estrategia de Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico, que cada vez más involucra acciones militares en aguas internacionales.
Las reacciones de los gobiernos suramericanos no se han hecho esperar. Tanto Nicolás Maduro como Gustavo Petro han rechazado los operativos estadounidenses, calificándolos de «ejecuciones extrajudiciales». En particular, el caso de un pescador que perdió la vida durante uno de los ataques anteriores ha sido presentado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), lo que subraya la preocupación por la falta de respeto a los derechos humanos en estas acciones por parte de las fuerzas estadounidenses.
Desde el inicio de estas operaciones, Estados Unidos ha destruido más de 30 embarcaciones dedicadas al transporte de narcóticos, lo que ha resultado en la muerte de más de un centenar de personas. Sin embargo, la administración estadounidense no ha proporcionado identidades de las víctimas ni ha aclarado la cantidad de sustancias ilícitas que estos barcos supuestamente llevaban. Esto ha alimentado las críticas sobre la transparencia y la justificación de dichas acciones, sobre todo en el marco de la política exterior estadounidense hacia América Latina.
La situación se complica aún más al integrar el contexto de las luchas internas y la corrupción que enfrentan muchos de los países en la región. La destrucción de embarcaciones como parte de la estrategia antidrogas de Estados Unidos no solo afecta a los involucrados en el narcotráfico, sino también a comunidades enteras que dependen de la pesca y otras actividades marítimas. Los líderes de los países afectados están comenzando a cuestionar el enfoque de estas acciones, sugiriendo que una política más holística y menos militarizada podría ser necesaria para abordar el problema del narcotráfico en América Latina.



















