Cuando Hugo Chávez asumió el poder en 1999, estableció un marco de relaciones diplomáticas y económicas que buscaba contrarrestar la influencia de Estados Unidos en América Latina. En su afán por crear un mundo multipolar, Chávez se aliaba estratégicamente con potencias como China y Rusia. Estas relaciones fueron fundamentales en 2019, durante la crisis de legitimidad que enfrentó su sucesor, Nicolás Maduro, tras unas elecciones ampliamente criticadas por fraude. A pesar del rechazo internacional al autoproclamado presidente interino Juan Guaidó, tanto Pekín como Moscú continuaron apoyando a Maduro, suministrando asistencia económica y militar. Sin embargo, seis años más tarde, la situación ha cambiado drásticamente, y ahora se observa que las potencias han reducido su apoyo activo, dejando a Maduro en una posición de creciente aislamiento.
A partir de septiembre de 2023, el gobierno de Donald Trump intensificó su presencia militar en el Caribe, lo que ha sido interpretado como una clara señal de su intención de presionar el régimen de Maduro. Con más de 15,000 soldados desplegados y el portaaviones más avanzado de la Armada de EE. UU. en la región, la justificación oficial de combatir el narcotráfico se pone en entredicho. Expertos señalan que el verdadero objetivo podría ser facilitar un cambio de régimen en Venezuela. En este contexto, la retórica de apoyo que Maduro ha recibido de Rusia y China es vista como un mero acto simbólico, mientras el mandatario enfrenta una presión interna y externa cada vez mayor, evidenciando la fragilidad de su posición.
Fernando Reyes Matta, director del Centro de Estudios sobre China de la Universidad Andrés Bello, advierte que Maduro se encuentra en una situación crítica. Ya no cuenta con el respaldo concreto que tuvo en años anteriores, limitándose las respuestas de Rusia y China a declaraciones más bien diplomáticas. Con el colapso de la economía venezolana y el deterioro de sus capacidades militares, se han conocido informes de que Maduro solicitó ayuda específica a Moscú, destacando las necesidades de reparación de su flota de Sukhoi y la entrega de nuevo armamento. Sin embargo, la respuesta de Rusia ha sido cautelosa, manteniendo contactos diplomáticos sin comprometerse a un apoyo tangible.
El cambio en la postura de Rusia y China también es reflejo de sus prioridades geopolíticas actuales, marcadas por la guerra en Ucrania y la rivalidad con Estados Unidos. Mientras que en 2018, Rusia demostró su apoyo enviando bombarderos y personal militar a Venezuela, ahora su enfoque se ha vuelto más reservado, priorizando sus intereses en Europa y su relación con China. Las sanciones impuestas por Occidente han limitado significativamente la capacidad de Moscú para apoyar a aliados en la región. Esto sugiere que la alianza estratégica establecida por Chávez ha perdido su relevancia, y tanto Beijing como Moscú son reacios a arriesgar más por un régimen cada vez más cuestionado en el ámbito internacional.
A medida que la crisis política y humanitaria en Venezuela se agudiza, se hace evidente que el apoyo que Maduro ha recibido históricamente de Rusia y China ha disminuido considerablemente. Lo que antes era un vínculo robusto y respaldado con inversiones significativas se ha visto afectado por la necesidad de ambas potencias de priorizar sus propios problemas internos y externos. Mientras los líderes de Rusia y China mantienen posiciones públicas de apoyo a la soberanía venezolana, se constata que no están dispuestos a comprometerse de manera significativa. Al final, la subsistencia del régimen de Maduro dependerá más de su propia capacidad de acción y de la determinación de la administración Trump de llevar a cabo su estrategia en la región.


















