Pakistán ha declarado una «guerra abierta» contra Afganistán tras las recientes tensiones que han escalado en la frontera entre ambos países. El ministro de defensa pakistaní, Khawaja Asif, ha afirmado que su país responderá de manera decisiva a lo que llama «agresión vecina», acusando al gobierno afgano de ser un exportador de terrorismo. Esta declaración ha culminado en ataques aéreos dirigidos a la capital afgana, Kabul, lo que ha marcado un punto de conflicto nunca antes visto desde que los talibanes recuperaron el poder en 2021. A través de un comunicado, el portavoz del primer ministro, Mosharraf Zaidi, confirmó que los ataques han alcanzado objetivos militares en varios puntos estratégicos de Afganistán, incluyendo Paktia y Kandahar.
Los combates se intensificaron tras la operación militar que lanzó el gobierno de Kabul, provocando un choque significativo a lo largo de la Línea Durand, la frontera de facto entre Pakistán y Afganistán. Según informes, hasta 133 talibanes habrían sido abatidos y más de 200 heridos en la respuesta de Pakistán, mientras que el régimen talibán también afirmó haber causado bajas significativas en las filas pakistaníes. Zabihullah Mujahid, portavoz de los talibanes, confirmó los ataques y describió las ofensivas pakistaníes como actos de un ejército «cobarde», recriminando que a pesar de las acciones bélicas, no se reportaron víctimas principales entre sus filas.
La escalada del conflicto refleja la profunda tensión existente entre los dos países, que se ha visto agravada por la amenaza del Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP). Islamabad ha argumentado que sus operaciones están dirigidas a combatir a este grupo extremista que utiliza territorio afgano como refugio para llevar a cabo ataques en el interior de Pakistán. Así, el gobierno paquistaní se ha visto bajo presión para responder a la creciente problemática de violencia en sus fronteras, una situación que ha empeorado desde la toma de poder de los talibanes en 2021, cuando el número de ataques se disparó en diversas regiones de la frontera.
A medida que las hostilidades se expanden, ambos gobiernos han intensificado sus esfuerzos militares. Los talibanes han declarado haber capturado varios puntos militares y causado un número indeterminado de bajas entre las filas pakistaníes. Afirman haber ejecutado operaciones con unidades de élite, utilizando tecnología de visión nocturna para lidiar con la ofensiva paquistaní. Por su parte, Pakistán ha movilizado recursos adicionales en áreas clave para contrarrestar el avance afgano. La situación ha generado un círculo vicioso de retaliaciones, donde ambos bandos buscan consolidar control sobre regiones estratégicas alrededor de la Línea Durand.
La comunidad internacional observa con preocupación esta escalada de violencia, dado que el conflicto armado entre Pakistán y Afganistán no solo afecta a los países directamente involucrados, sino que también representa un riesgo de desestabilización más amplia en la región, que podría fomentar la reaparición de grupos extremistas. Las denuncias de violaciones de soberanía y acusaciones de refugio a terroristas complican aún más la diplomacia, mientras la población civil se encuentra atrapada en un conflicto en aumento. A menos que se tomen medidas concretas para abordar las raíces del problema y fomentar un diálogo, parece que tanto Pakistán como Afganistán se encaminan hacia un prolongado periodo de inestabilidad.

















