Más de medio siglo ha pasado desde que Estados Unidos declaró la «guerra a las drogas», un esfuerzo que ha dejado más preguntas que respuestas en su lucha contra el narcotráfico. Bajo la administración del presidente Donald Trump, este enfoque ha evolucionado a una estrategia más militarizada, que incluye ataques a embarcaciones sospechosas de transportar drogas y narcoterroristas. Un comunicado reciente indicó que fuerzas armadas estadounidenses llevaron a cabo un ataque letal contra un barco en aguas internacionales, lo que resultó en la muerte de tres presuntos narcotraficantes vinculados a Venezuela, aunque el presidente evitó presentar pruebas tangibles de los cargos. Este enfoque, a medida que se intensifica, plantea serias preocupaciones sobre la legalidad y la moralidad de las acciones militares en la región.
La escalada del uso de fuerza militar por parte de Estados Unidos para combatir el narcotráfico en América Latina ha sido objeto de críticas contundentes. Expertos en la materia argumentan que tal estrategia no solo es ineficaz, sino que también reduce la posibilidad de abordajes más integrales y humanos a este problema. John Walsh, de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA), destaca que la aplicación inmediata y letal de la fuerza militar puede generar más violencia y violaciones a los derechos humanos, evidenciando que el uso de la fuerza militar ha demostrado repetidamente no ser una solución viable para desmantelar las redes del narcotráfico.
Desde que Richard Nixon proclamó la guerra a las drogas en 1971, el panorama del narcotráfico no solo ha cambiado; se ha vuelto más complejo y peligroso. Las organizaciones criminales en América Latina, lejos de ser destruidas, han evolucionado y multiplicado, beneficiándose de la ineficacia de las políticas antidrogas. A pesar de la militarización y los enormes recursos destinados a luchar contra el tráfico de drogas, el país continúa enfrentando cifras alarmantes de muertes por sobredosis, especialmente atribuidas al fentanilo. Este contexto nos lleva a cuestionar la efectividad de las medidas adoptadas por sucesivas administraciones estadounidenses, las cuales a menudo parecen ser reacciones desesperadas ante un enemigo que evoluciona más rápidamente que las estrategias diseñadas para combatirlo.
El ataque a embarcaciones relacionadas con el narcotráfico también pone de relieve las tensiones existentes en las relaciones entre Estados Unidos y varios países latinoamericanos, especialmente Venezuela. Mientras el gobierno estadounidense continúa realizando ataques ofensivos, el presidente colombiano, Gustavo Petro, ha enfatizado la falta de legitimidad de tales intervenciones, argumentando que violan la soberanía territorial y ponen en riesgo la vida de ciudadanos latinoamericanos. Análisis de la situación sugieren que tales acciones podrían exacerbar el conflicto y generar una respuesta de resistencia entre las naciones afectadas, en lugar de resolver el problema del narcotráfico.
Finalmente, es importante destacar que el enfoque agresivo del gobierno de Trump al designar carteles locales y regionales como «terroristas» puede tener repercusiones más amplias. Algunos analistas sugieren que este tipo de retórica y acciones militares no solo está destinada a debilitar a enemigos inmediatos, sino que también se utiliza como un medio para enviar un mensaje a gobiernos latinoamericanos sobre la seriedad de la lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, tal como advierten muchos expertos, esta estrategia puede resultar contraproducente, generando más tensión y violencia en un continente que ya enfrenta graves desafíos sociales y políticos. La historia sugiere que un cambio radical y marcado en la estrategia del combate a las drogas podría acentuar los problemas en lugar de solucionarlos.



















