En Nueva York, a 22 de septiembre de 2023, el hotel Lotte New York Palace fue el escenario de un encuentro que marcó un hito en la política venezolana y estadounidense. Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela, y Donald Trump, expresidente de EE.UU., protagonizaron una reunión que simboliza el profundo cambio en las relaciones entre ambos países desde la captura de Nicolás Maduro en enero. La mítica imagen de Rodríguez haciendo la señal de la victoria frente a un Trump sonriente encarna un nuevo capítulo político, donde el apoyo estadounidense a su gobierno se ha vuelto crucial, después de que Maduro haya sido visto como un enemigo a erradicar.
Al día siguiente, Rodríguez se presentó ante la Asamblea General de la ONU, marcando la primera vez que un líder venezolano asistía desde la presencia de Maduro en 2018. Su discurso fue notoriamente omisivo respecto a Maduro y Chávez, enfatizando en vez de eso la gratitud hacia Trump por su enfoque hacia las relaciones diplomáticas. Esta omisión refleja un evidente cambio en la narrativa política: la figura de Maduro, aunque no totalmente desaparecida, se ha comenzado a difuminar en el discurso oficial, a medida que Rodríguez busca consolidar su poder y distanciarse del legado de su antiguo aliado.
Desde la intervención estadounidense, la retórica de Rodríguez ha cambiado radicalmente. La investigadora Valentina Gil analizó cómo las menciones a Maduro en sus discursos han disminuido drásticamente, pasando de 86 menciones en enero a solo 8 en abril, sugiriendo un esfuerzo por octubre de construir una identidad política propia. Esto ha quedado evidenciado también por el cambio en su título de «presidenta encargada» a «presidenta» en comunicaciones oficiales. Rodríguez, al parecer, se ha adaptado al nuevo contexto, buscando establecer su figura como la principal en el país y deshacerse de las antiguas asociaciones que podrían dañarla.
Este proceso de transformación ha llevado a purgas significativas dentro del gobierno y de la cúpula militar. Figuras asociadas con Maduro, como Alex Saab y Vladimir Padrino López, han sido reemplazadas por otros aliados más cercanos a Rodríguez. Dentro de este movimiento, el gobierno está intentando borrar las imágenes de Maduro y Chávez de los espacios públicos, como se ha evidenciado con la eliminación de gigantografías en el Palacio de Justicia. Esta estrategia busca no solo una nueva imagen política, sino también distanciarse emocional y simbólicamente de un pasado que la mayoría de los venezolanos asocian con crisis y sufrimiento.
Sin embargo, esta aparente reinvención no es sencilla. Aunque Rodríguez intenta posicionarse como líder, aún existen voces dentro del chavismo que resaltan la importancia de Maduro. Algunos líderes locales continúan reconociendo su presidencia, creando una dualidad en la narrativa que puede complicar el nuevo gobierno. La figura de Maduro persiste como símbolo del gobierno anterior, incluso mientras Rodríguez busca su lugar en un mundo político que ha cambiado radicalmente desde enero. Lo que queda por ver es si esta estrategia de «chavismo 3.0» podrá conectar efectivamente con una población cansada y empobrecida, que clama por un futuro diferente.



















