La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos marcó un hito significativo en la política latinoamericana, sin embargo, la reacción en Venezuela fue notoriamente apagada. Mientras el resto del mundo exterior celebraba este evento como una victoria en la lucha por la democracia, la realidad en suelo venezolano era muy distinta. Las calles, usualmente vibrantes y llenas de vida, permanecieron inusualmente desiertas, y las pocas personas que salieron a la calle estaban más preocupadas por sus quehaceres cotidianos que por el derrocamiento de un líder al que muchos culpan por la actual crisis que asola al país. Las largas filas en los comercios, ya habituadas a la escasez de productos básicos, se convirtieron en la única manifestación visible de la insatisfacción popular, dejando en claro que la lucha por la supervivencia opacó cualquier atisbo de celebración.
Mientras los venezolanos en su tierra parecían ajenos a lo que sucedía, en el extranjero, miles de migrantes venezolanos se reunieron en diversos lugares, ondeando banderas y tocando trompetas en celebración. Para ellos, la caída de Maduro simbolizaba la esperanza de un cambio tan ansiado, un cambio que los había llevado a huir de su patria en busca de mejores condiciones de vida. Esta dualidad en la respuesta al mismo acontecimiento resalta la desconexión entre aquellos que permanecen en Venezuela y los que han tenido que adaptarse a nuevas realidades fuera de su hogar. Mientras que la diáspora encuentra en la celebración una forma de reivindicar su lucha y sufrimiento, la población del país siente la presión y el miedo del contexto autoritario que continúa vigente.
Concatenada con las celebraciones en el exterior y la apatía en el interior, la política venezolana se enfrenta a un nuevo capítulo con la elección de Delcy Rodríguez como presidenta interina. Rodríguez, hasta entonces considerada una fiel secretaria de Maduro, tomó el poder con el respaldo de las instituciones del Estado. Esto plantea un panorama complejo: a pesar de la caída de un líder emblemático, el sistema de poder y control que ha caracterizado al chavismo sigue intacto. La utilización del poder represivo se ha incrementado, y muchos sociológos y activistas advierten que la presión del régimen se siente más fuerte que nunca, lo que lleva a la población a optar por una prudencia cautelosa en vez de una activación fervorosa de protestas.
Históricamente, el miedo al autoritarismo en Venezuela ha generado un aprendizaje social que lleva a muchos a evitar la confrontación directa con un régimen que ha demostrado su capacidad para reprimir brutalmente cualquier tipo de disidencia. La experiencia acumulada de años de luchas frustradas por el cambio ha forjado una nueva cultura política entre los venezolanos: una marcada por la desconfianza ante la posibilidad de una apertura real que no termine en decepción. Es un contexto donde la supervivencia y la cotidianidad se han convertido en prioridades, relegando los sueños de cambio a un segundo plano, al menos por ahora.
A medida que avanza esta nueva era post-Maduro, los analistas coinciden en que el escenario sigue siendo complejamente incierto. El temor a volver a experimentar la desilusión de pasadas promesas de cambio ha llevado a un sector de la población a tener expectativas más moderadas. La caída del mandatario, mientras simbólica, no ha generado la respuesta esperada entre los venezolanos, quienes han priorizado la necesidad de adaptarse y sobrevivir en un ambiente de incertidumbre y represión. De tal forma, la historia reciente de Venezuela parece indicar que la resistencia y la lucha por la dignidad se transforman en actos cotidianos, donde la celebración se tiñe de una resignación a la espera, sin perder la esperanza de que algún día, la verdadera libertad y democracia puedan ser una realidad.


















