Cuando Manuela García, nombre ficticio por razones de seguridad, entra al hospital pediátrico donde trabaja en La Habana, su mirada se detiene brevemente en un retrato de Fidel Castro. El legado del líder revolucionario, junto a una frase que resalta el «heroísmo y la solidaridad» de los médicos cubanos, genera una reflexión en ella: «Algo de verdad hay en esto. Si este sistema sigue en pie, es únicamente gracias a los sacrificios que hacemos nosotros». Esta realidad se vuelve palpable cuando García se dirige a la unidad de cuidados intensivos, donde su primer paciente, un niño de cuatro años con neumonía grave, evidencia el impacto directo de la crisis en el sistema de salud cubano. «Lo que este niño necesita con urgencia es un antibiótico de amplio espectro», comenta con frustración, ante la alarmante escasez de estos tratamientos vitales.
A pesar de que durante décadas el sistema de salud cubano fue un orgullo nacional, con logros en campañas de vacunación y tasas de mortalidad infantil envidiables, la situación ha cambiado drásticamente. Este modelo, que alguna vez gozó de prestigio internacional, enfrenta hoy una profunda crisis agravada por una gestión económica ineficiente y el endurecimiento del embargo estadounidense. Los problemas se acumulan: falta de medicamentos, escasez de insumos quirúrgicos, y una creciente falta de personal sanitario. García comparte esta inmensa carga, haciendo hincapié en que son los más pobres, los ancianos y los niños quienes sufren las consecuencias más severas de esta crisis.
García también enfrenta dificultades en su vida cotidiana, donde la falta de electricidad se ha vuelto una constante. «Hay días en que tenemos electricidad apenas tres horas. Otras veces pasamos más de treinta horas seguidas sin luz», explica, evidenciando el agotamiento físico y emocional que esto supone. Cuando la electricidad desaparece en su hogar, todo se paraliza, desde la cocina hasta el aire acondicionado, lo que afecta su calidad de vida y la de su hijo de cinco años. Ella misma se siente al borde del colapso, resintiendo no solo las carencias en el hospital, sino también las condiciones insalubres y difíciles que enfrenta diariamente.
La crisis del sistema sanitario se agrava aún más al observar el impacto en la producción farmacéutica. BioCubaFarma, el conglomerado estatal, ha visto reducida drásticamente su capacidad de producción, con cerca de 300 medicamentos ausentes del mercado. Esta falta de recursos ha resultado en una disminución preocupante de la supervivencia de niños con cáncer y otras enfermedades críticas. Las interrupciones en tratamientos vitales, como los trasplantes de hígado, se han vuelto comunes, y con él, el aumento en la mortalidad infantil se ha convertido en una realidad desgarradora en la que cada día que pasa, más y más niños se ven despojados de la ayuda médica que tanto necesitan.
Las condiciones en el sistema de salud han llevado a una fuga masiva de profesionales médicos, un fenómeno que exacerba la crisis actual. Muchos de sus colegas han optado por abandonar el país en busca de mejores oportunidades, mientras otros han dejado la medicina para dedicarse a trabajos más lucrativos en el sector privado. García, que se siente idealista pero desilusionada, interroga el futuro de la profesión en Cuba. Con un ingreso mensual de apenas 15,000 pesos cubanos (aproximadamente 20 euros), la precariedad es una constante en su vida y la de sus compañeros. La falta de recursos y la presión diaria la llevan a cuestionar no solo su labor, sino el propósito de permanecer en un sistema que parece estar en ruinas, todo mientras la esperanza de un cambio sustancial se desvanece cada vez más.



















